Dr. Polito
¡Por Dios! ¿Es que los humanos no tienen límites?
Porque, aquel, no fue un mensaje macabro. Fue macabrón.
Eso que hizo el confeso matagatos, de regodearse entre los cadáveres de 11 colombianos muertos en combate (se supone), no tiene ni antecedentes ni presentación. Ni perdón. Ni olvido…
Fue un acto obsceno, hasta el horror; ofensivo, hasta el último grado; repugnante, hasta el vómito imparable...
[Hasta en eso somos más decentes los no humanos, porque jamás ofendemos a los caídos]. Respetamos.
Por eso, un gato, jamás le colgará a un humano un tarro con fuego, para echarlo a correr, para ver si vuela, a fin de que mientras más corra, más se asuste y más corra y más se asuste con las llamas…, que lo perseguirán hasta que muere. Ahorcado o infartado o quemado.
Los animales no hacemos cosas tan abyectas, tan degeneradas, tan hijueputamente horripilantes.
Así solo actúan algunas personas para las que la ética, la moral, la compasión, son solo palabras en el diccionario.
Si acaso, porque, hablando de quien hablamos, nos caben todas las dudas de que haya consultado el libraco desembrutecedor.
Seres como él escapan a la inconmensurable condición humana, en la que cabe de todo lo bueno y de todo lo malo...
Hay que ser como una de esas personas, y peor, para pasearse entre cadáveres como emperador de la muerte, como si fuera el gran triunfador… Pobre gamonal de fundo, que se cree generalísimo de generalísimos, pero no pasa de ser un simple remedo de policía de vereda.
Es cierto, y esto es mucho más grave: en al menos tres de esas bolsas mortuorias nauseabundas y contaminadoras estaban los cuerpos de tres niños. Sí, niños.
Porque, para la Convención Internacional de los Derechos del Niño, se entiende por niño todo ser humano menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad.
¿Lo sabrá el Rey de Reyes, valiente y omnipotente como nadie en la historia (ni Donald Trump), o solo será experto en matar mininos indefensos y, años después, reír mientras relata sus increíbles hazañas?
Exhibirse así, orondo, soberbio, triunfal heraldo de muerte, delante de la prensa institucional, genuflexa, abyecta, corrupta, convocada para enviar el mensaje, es, para no ir lejos, el gesto de alguien a quien la muerte no le causa ni frío ni calor.
Y para quien la majestad del Estado es algo así como la boñiga en el camino, que se sabe que está ahí, pero el máximo esfuerzo que se hace para no tocar con ella es no pisarla.
Parece acostumbrado a la muerte. Ojalá sea por los gatos que mató.
Ojalá, porque, en realidad, no solo se dio un paseo entre sus muertos, sino que hizo una demostración pública de la degradación moral del liderazgo, cometió una falta enorme de empatía hacia la dignidad.
Demostró que le importan un sieso la dignidad humana, el respeto a la sociedad que lo eligió, las normas legales. En fin, todo lo que no sea él.
Como abogado, no debe ignorar que el Derecho Internacional Humanitario (DIH) prohíbe estrictamente el trato denigrante a los cuerpos de las personas fallecidas en combate y exige el respeto a los caídos.
Debe saberlo, pero, como quedó evidente, el DIH le importa un sieso.
Y, si se hila un tris más fino, se puede llegar a la conclusión de que esa conducta puede violar normativas del DIH, y se puede llevar del ámbito de la opinión moral al de las responsabilidades legales y los posibles crímenes de guerra.
Pero, además, había niños, a los que, como siempre se ha sabido, pueden estar allí, ordenó bombardear.
De todos modos, si matar gatos indefensos es una conducta lo más lejana posible de la normalidad, el paseíllo triunfal de novillero, es una señal clara y muy preocupante de autoritarismo, de corrupción de los valores democráticos.
Hay, de todos modos, algo claro: alguien pasó, sin mayores miramientos, de matar gatos a matar niños.
Porque si bien, en el primer caso, él fue el autor intelectual y material de las muertes, en el segundo no fue quien bombardeó, pero sí quien ordenó hacerlo.
Pero, debe saberlo, ese paseo de la muerte, ese desfile ritual de adoradores de la muerte, no le será de buen recuerdo.
Ni gratuito. El recuerdo de esos niños no pasará. Tampoco el del niño muerto en otro bombardeo en Norte de Santander.
Los niños no son gatos, si es lo que cree...
¡Estos humanos..! Hay que ver por quienes se hacen gobernar...