Lula el Enorme

Dr. Polito

Nadie real es invencible. Nadie.

Esta verdad, sin embargo, no cabe en las cabezas hispanoamericanas, y menos en las colombianas.

Consideran que Donald Trump es Zeus hecho hombre, y que enfrentarlo es perder tiempo, energía y otros recursos.

Un viejo de 81 años acaba de demostrar lo contrario.

Porque la victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva es una derrota como pocas para el ultracorrupto Trump y su pandilla.

Los brasileños son como nosotros, los animales: nos enfrentamos al enemigo que sea… aunque nos mate.

Lula el Enorme, demostró que ni él ni su país le temen a nadie, sea quien sea.

Los colombianos sí. Se aculillan y se cagan del susto con el mandatario mostaza y su títere de rayas pintadas a última hora.

No están solos en su cobardía insuflada: los acompañan argentinos, salvadoreños, peruanos, ecuatorianos, bolivianos, chilenos, venezolanos…

Ya no es el terror de millones de colombianos de apoyar a la fuerza Uribe, porque con él si podemos ir a la finca, como argumentaron por años.

Años durante los cuales Colombia fue el país más grande del planeta, con 45 millones de fincas, una por habitante.

Fincas que desaparecieron cuando Uribe dejó de ser el capataz.

Ahora, el argumento de los aterrorizados es la posibilidad de una visa para entrar a Estados Unidos.

Si no apoyamos a quien Trump dice, nos quitan la visa, o no nos la autorizan, sostienen.

Zipote pendejada. Millones y millones de colombianos jamás podrán ir a ese país, aunque estén autorizados para hacerlo.

Y menos con el gobierno colombiano actual. O comen o viajan, porque no hay alternativa.

Y allá, o mueren de hambre o se regresan. Tampoco hay otra salida.

A los brasileños, les importa un jopo la falta de una visa.

Y eso y mucho más le acaban de decir a Trump con el triunfo de Lula, al que respaldaron de manera abrumadora, cuando estaba derrotado.

Brasil hizo lo que Colombia no, con la opción necesaria y oportuna de Iván Cepeda.

Los brasileños prefieren ser independientes y libres; los colombianos se niegan a ello.

Parecen amar el sometimiento al capataz, el abuso del gamonal, el despojo de sus riquezas por el ladrón foráneo, la nueva esclavitud a la eterna libertad.

Y esto no lo digo solo yo.

Estanislao Zuleta, el más grande pensador colombiano, lo gritó en su Elogio de la Dificultad, una obrita monumental que debería ser de lectura obligatoria en escuelas, oficinas y talleres.

"Amamos las cadenas, los amos, las seguridades, porque nos evitan la angustia de la razón”, dijo este antioqueño universal.

Pobres colombianos, qué mentalidad tan pequeña, tan mezquina, tan insignificante…

Ni siquiera se venden al que mejor paga, sino al que diga el Uribe de turno; a sabiendas, al estafador más hábil, al que tenga el látigo más largo o el revólver más grande.

Pobres colombianos, consagrados adoradores de su propia decadencia, de su difícilmente remediable mediocridad.

Por eso, están condenados a ser una despreciable caterva de vencejos, antes que una gloriosa bandada de águilas caudales.

Y que Luis Carlos López me perdone por sacarlo a bailar en estos tristes tiempos.

Tiempos de insignificancia moral, de enanismo intelectual, de sordidez y de putrefacción en la cima del poder.

No solo es lo que hay.

Es lo que quisieron y defienden los despistados que creen que una pistola al cinto y unas carreritas hacia el helicóptero son el súmmum de gobernar.

Pobres colombianos. Pobres pendejos.

Pero, y ojalá uno de estos lo lea y lo asimile, todo puede ser diferente.

Solo es necesario (a la manera de Antonio ‘Kid Pambelé’ Cervantes, de que es mejor ser rico que ser pobre), convencerse de que es mejor ser libre que esclavo, independiente que alineado y alienado.

Es mejor levantar el puño bien cerrado, que meter la mano en el bolsillo, en busca de una moneda que tal vez no existe.

Siempre es mejor un poderoso grito de protesta que un lánguido quejido de sometimiento y humillación.

Siempre, siempre, siempre es mejor enfrentar el toro y agarrarlo por los cachos, que darle la espalda y buscar dónde escondernos.

Y, sí, siempre es mejor comer nuestro pan que esperar las sobras que, a veces, el opulento deja caer de su mesa.

Lo acaban de decir Lula el Enorme y decenas de millones de brasileños, que no creen ni en patrias milagros ni en mierdas parecidas…

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