Dr. Polito
Estos humanos colombianos…
Tan reverenciales, tan embelequeros, tan arrodillados, tan abyectos…
Hay cosas de las que no tienen idea, pero pontifican sobre ellas, solo para quedar bien con alguien.
Por eso, confunden el ungüento con el excremento, y ni se enteran.
Pobres ellos. Pobrecitos.
Porque, como repetía un tal Absalón Fernández de Soto en Buga y Cali, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Y es que sí, una cosa es el Presidente de la República, y otra, muy diferente, el tarambana o el filipichín o el corrupto o el ilustre que ocupe el cargo.
Por esta razón, están muy equivocados quienes, por dárselas de eruditos e importantes, consideran que referirse a la persona, en términos descomedidos, es ofender al Presidente y a la patria.
Pos no, como concluye siempre un colega amigo mío.
Nadie que tenga al menos un dedo de frente (y menos los que tienen hasta 15), puede dejar de reconocer la dignidad del cargo.
Del cargo, no del encargado, que eso y nada más es el personaje al que le rinden pleitesía.
En un régimen presidencialista, el presidente desempeña dos funciones: ser Jefe de Gobierno y Jefe de Estado.
Como Jefe de Estado, representa la unidad, continuidad y soberanía de la Nación, tanto hacia el interior, como ante la comunidad internacional.
El elegido legítimamente como presidente, es solo un mandatario que cumple un mandato del pueblo. Punto.
No es la encarnación del Estado, como muchos despistados creen.
Es el administrador general. Nada más, nadie más.
Solamente alguien que cumple unas funciones, no un César redivivo ni menos un Zeus reencarnado. Mucho menos el Mesías prometido.
Es un mero ciudadano más, que tiene un encargo de cuatro años.
Un común y corriente como usted y como millones.
El Presidente de la República, es decir, la ficción jurídica aspiu llamada, es un símbolo de unidad, como la bandera o como el Himno Nacional.
En momentos de crisis, catástrofes o conflictos internacionales, la idea de Presidente opera como un punto de referencia y de identidad nacional.
Cuando los militares rinden honores al Presidente, no son para la persona que está frente a ellos.
Ni más faltaría que la soberbia que genera el poder se acrecentara con homenajes y honores a quien no se le deben.
Se honra la dignidad presidencial, no la (de ordinario) indignidad de quien desempeña funciones de presidente.
Asociar la majestad de la Nación a una sola persona, deriva en cultos a la personalidad, populismo y justificación de abusos de poder, al confundir críticas al gobernante con ataques al Estado, a la patria.
No se puede olvidar que en la democracia moderna, el Congreso también tiene la legitimidad del voto popular y representa la pluralidad de la Nación, por lo que la representación del Estado no es exclusiva del ejecutivo.
Lo anterior se hace crucial a la hora de evaluar lo que ocurre con la feroz polémica en relación con el brillante caricaturista pereirano Julio César González Quiceno, Matador.
En las redes sociales pululan detractores oportunistas que buscan hacer leña del árbol caído.
Acusan al caricaturista de conductas horribles en contra de la patria, por su postura frente al supuesto ganador de la elección presidencial.
Y no. No hay nada de Matador contra la patria ni contra el Presidente, como figura simbólica.
Lo hay, sí, mucho, en relación con la persona que ocupa el cargo y a quien el caricaturista califica de ilegítimo.
El Presidente, como figura jurídica, no tiene ni esposa ni hijos, pero el titular del cargo, sí.
Así, cualquier caricatura o palabra de Matador hacia la mujer, no es contra la esposa del Presidente, sino contra la del tigre, el león, el chacal o la hiena, o como quiera hacerse llamar la persona que aceptó el mandato de cumplir funciones presidenciales.
Además, la esposa del ocupante de la presidencia no tiene ningún carácter oficial, ninguna legitimidad como autoridad.
Es, apenas, la esposa, la compañera o la amante del mandatario, ya sea inquilino de la Casa de Nariño o del Palacio de San Carlos. O de ambos lugares.
Por lo tanto, no hay ofensa alguna ni contra la majestad de la Nación ni contra la dignidad presidencial.
El Presidente de la República no sale como guachimán, pistola al cinto, a recorrer las calles para intentar infundir terror.
Si eso ocurre, lo hace la persona, no el Presidente de la República que, aunque no se quiera aceptar, no tiene vida propia ni almuerza ni monta en helicóptero a diario.
El Presidente es una entidad jurídica, que puede desaparecer de la misma forma en que fue creada: por el pueblo, en la Constitución.
La persona a la que le tercian una cinta tricolor, es apenas un empleado bien pago. De acuerdo, un servidor de todos los colombianos.
Nada más. De pronto puede ser menos.