Injerencia gringa y manipulación: el panorama de Brasil en segunda vuelta

Brasil está a 21 días de definir su futuro en democracia. Tras los resultados de la primera vuelta presidencial, dos polos opuestos buscarán apoyos y medirán argumentos para ganar el favor del pueblo y el voto que los deje en la jefatura del Estado.

De un lado, el presidente Luiz Inácio Lula Da Silva busca la reelección por cuarta vez. Del otro lado, el ultraderechista senador Flávio Bolsonaro busca redimir el legado de su padre golpista y subir al poder.

Los resultados finales, difundidos por el Tribunal Superior Electoral (TSE), dicen que Bolsonaro ganó la primera vuelta con 56’104.422 votos, que equivalen al 47,03% de los votos válidos. 

Lula lo sigue con 53’878.535 votos, equivalentes al 45,16% de votos en el censo electoral. La distancia de poco más de 3 millones de votos quedan repartidos entre los otros 10 candidatos de la primera vuelta, los 2,3 millones de votos en blanco y los 3 millones de votos válidos. 

En total, hay un potencial de 15 millones de votos a disputar en estas 3 semanas, sumados a los 30 millones de brasileños que no acudieron a votar por múltiples razones, pero que podrían acompañar los comicios de segunda vuelta.

Más allá de los cálculos más acordes a los jefes de campaña de cada candidatura, hay aspectos intangibles, sutiles pero letales que pueden definir la elección de un lado u otro.

La injerencia de Estados Unidos en favor de la ultraderecha

Como en casi toda la región, Estados Unidos ayuda a los candidatos de la derecha y la ultraderecha, violando a diestra y siniestra la soberanía de cantidad de países que en los últimos años han virado al conservadurismo político. 

Esta injerencia es evidente aunque no probada en toda la región. Quizás Brasil pueda ser el primer resquicio que destape la ilegal ayuda norteamericana a los ultraderechistas de cada nación. 

Unas horas antes de abrir las urnas, Andrei Rodrigues, director general de la Policía Federal de Brasil informó sobre la apertura de una investigación formal por la presunta injerencia de Estados Unidos en las elecciones de Brasil; denuncia sostenida desde la Abogacía del Estado y por altas fuentes del Gobierno.

La denuncia se sostiene en un reportaje del periódico británico The Guardian. El texto plantea que el Departamento de Estado de EE.UU. habría desviado un millón de dólares que originalmente iría a parar al Fondo de Derechos Humanos y Democracia para el programa ‘Combate al Lawfare y a la Censura en Brasil’.

Nada más alejado de la realidad. Ese dinero, dice The Guardian, terminó en redes y organizaciones de comunicación brasileñas con el fin de desestabilizar el debate político y, así mismo, el ejercicio normal de las cortes.

Esta estrategia cobarde ya ha sido implementada con éxito en casi toda Latinoamérica.

La manipulación

El método que hoy investiga la Policía Federal de Brasil ya tiene antecedentes bastante claros. 

Fuera del soso y recalentado discurso de la extrema derecha, que es el mismo en toda la región, su difusión y retención en el público cuenta con otras formas. Campañas repletas de IA, disfraces, simbolismos con animales y con elementos de fuerza y poder, son esenciales en los candidatos, que casi siempre terminan elegidos mandatarios. 

Su éxito en redes, por otro lado, tiene nombre y apellido: Fernando Gabriel Cerimedo. Él hoy enjuiciado por violencia contra la mujer, es dueño de medios, bodegas y granjas de bots, donde todo contenido por efímero que sea, termina siendo contenido viral que se propaga por la red e influye en el pensamiento de millones y millones de electores.

Roger Mariaca es un fiscal boliviano encargado del caso Cerimedo. Es tal la podredumbre del hecho, y los implicados, que en apenas unos días, el presidente ultraderechista de ese país, Rodrigo Paz, destituyó y arrestó a Mariaca, por una posible orden desde EE.UU.

Que Cerimedo esté encerrado temporalmente, no implica que su estrategia manipuladora esté apagada. En todos los países de la región, y en Brasil por estos días, algún socio de Cerimedo hace de las suyas y propaga mentiras y medias verdades con el fin de influir en favor del senador Bolsonaro.

Así pues, la región digital parece poco favorable al progresismo latinoamericano. 

La región física es otro reto inmenso al que se enfrenta Lula. Brasil es el último bastión grande del progresismo latinoamericano, sumado al gobierno de Uruguay. 

Por el sur están Kast y Milei. Al este, un inmenso océano; al oeste el Perú de Fujimori y la Bolivia de Paz. Al norte, la Venezuela del gobierno impuesto por Trump con Delcy Rodríguez como cabeza, y los vecinos de Colombia con el acomplejado tigre armado y escoltado.

Gobiernos ultraderechistas que lejos de dejar actuar a la democracia, buscarán cómo interferir y sabotear el proceso electoral normal para beneficiar a Bolsonaro. 

¿Obstrucción legislativa?

Por si fuera poco, los resultados del Congreso son otro punto que Lula y Brasil deberán tener en cuenta en el próximo gobierno. Tanto en el Senado Federal como en la Cámara de Diputados, hay mayorías de la derecha, en especial, del Partido Liberal (PL).

En Senado, de las 54 sillas, 16 son del PL. En total, 39 escaños son de derecha, mientras que solo 5 son de izquierda.

En la Cámara el panorama es igual de oscuro. De los 513 escaños, 388 pertenecen a la derecha, y solo 124 a la izquierda. De esos 388, 114 son del PL. 

Si se reelige Lula, vendrá un gobierno con un bloqueo legislativo marcado, que le impedirá concretar cualquier política social o pública que se plantee.

Si Bolsonaro sube, tendrá mayorías para hacer y deshacer a su antojo.

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