Sam Pistolas

Sr. Malajunta

Si acudo a un arma para enfrentarlo a usted, es porque, en ese momento, usted es más poderoso que yo.

O, al menos, lo percibo como alguien capaz y dispuesto a hacer mucho daño..

Es lógica de jardín infantil.

Y si represento al Estado, estoy admitiendo que, por ejemplo, a las llamadas Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (Acsn) las percibo con un poder tal que me obligan a fajarme un arma.

Y que no dispongo de fuerza institucional, jurídica o disuasoria.

Así, Pablo Emilio Escobar Gaviria fue un tipo muy poderoso: obligó a todas las policías del mundo a unirse para combatirlo.

Si usted fuera cualquier chisgarabís que amenaza, pero que no pasa de ser solo una molestia, ¿para qué pistola?

En este sentido, quien está a cargo de un Estado debe tener en cuenta siempre, siempre, que ostenta la más alta dignidad.

Pero, como chusmero chulavita, radio en mano, pistola al cinto, chaleco blindado, gorra y exagerados gestos militares, rodeado de guaruras, policías y soldados obligados, y con un ¡Viva Cristo Rey! antes durante y después, salir a mostrarse, es solo una payasada de circo menesteroso.

Algo de recato debe quedarle a alguien que actúe así, para aprovechar la noche y recorrer las calles vacías, ante un coro de guachimanes extrañados y nerviosos…

Probablemente, ese alguien lo hizo enfilado con la doctrina militar criolla según la cual, llamar narcoterroristas, bandoleros y bandidos a los combatientes irregulares es suficiente para infundirles terror y obligarlos a esconderse en las profundidades del planeta.

En esas, han pasado al menos siete décadas, y ni uno solo de los guerrilleros o de los paramilitares se ha sentado siquiera a llorar porque los militares le dijeron bandido.

Tampoco se va a desvelar nadie en el monte, porque alguien con el cabello postizo bien peinadito, con caminado ligero y cortito y pantalones ajustadísimos le diga, subliminalmente, que lo va a destripar…

Personas duras, muy curtidas, como guerreras que son desde hace largo rato, acostumbradas a enfrentar cada día todo el poder del Estado, ni siquiera reirán.

¿Para qué gastar pólvora en gallinazos?, reflexionarán y seguirán durmiendo.

Un pobre tipo así ni siquiera imagina que, como dice el pueblo, “le están midiendo el aceite…”

El sainete de hace pocos días podría (y debería) no tener repetición.

Ya se sabe cómo reaccionan las personas deseosas de mostrarse, de buscar inútilmente convertirse en las vedetes de la función, de exigir, sin decirlo, el reconocimiento que les genera satisfacción.

Es onanismo en público que, por otro lado, a quien lo practica le puede traer como consecuencia que, en un episodio similar, ofrezca el blanco perfecto para un buen tirador de los que el Ejército entrena, y abandona cuando lo despide de las filas.

Así, repetir el episodio será de irresponsabilidad mayúscula, porque no solo pueden neutralizar (como le dicen los militares a cada muerte que provocan) a la persona que se cree Sam Pistolas, sino que da origen a problemas muy serios.

Por ejemplo, si el hecho tuviera como protagonista al Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas de la República de Colombia, dejar el país en manos del vicepresidente actual no tendría nombre.

Porque, si el suplente gobierna como baila, “apagá y vámonos”.

De todos modos, un episodio así, en el que la cabeza del Estado se arma, dejaría una triste lección: si la persona llamada a ser la más ponderada, la más sensata y confiable, se envalentona y se arma, porque no es capaz de persuadir sino de amenazar, ¿por qué no armarme yo también?

Desde luego, hacer análisis serios es difícil para algunos servidores públicos, venidos a más por razones que no vienen al caso.

Quizás, ello explique la tendencia de quienes administran el poder del Estado, de creer que organizaciones armadas que dominan territorios, imponen sus leyes, se convierten en la autoridad, organizan paros armados y cobran impuestos, son algo así como nubes de pispirispis.

En la Sierra Nevada, como en Norte de Santander, la Orinoquia, parte de la Amazonia, Chocó, Cauca, Nariño, Valle y muchas otras regiones, hay organizaciones armadas compartiendo el poder del Estado. Son, a veces, el Estado.

Aunque en San Carlos/Casa de Nariño/Barranquilla no quieran admitirlo y consideren que con desfile de vodeville pueden ganar la guerra...

Por eso, si es cierto que un alto servidor público salió armado por las calles de Santa Marta, con la intención de amenazar a organizaciones irregulares armadas, no deja de ser un episodio ridículo, absurdo, un acto de burlesque.

Por qué será tan difícil que quienes deban entender no entiendan que un hombre armado puede convencer a cien; ¿pero, otro, con solo la palabra, puede convencer a miles?

En estos tiempos, hay una razón para no entenderlo: se prefiere el espectáculo, el actuar como Sam Pistolas. Solo que sin su enorme bigote, aunque con su berba embetunada, como dijo alguien.

El refranero puntualiza en que “arma en mano, cualquiera es valiente”, Pero, no siempre.

Qué interesante sería ver a un estrambótico personaje, armado con radio, pistola, chaleco antibalas, gorra y saludo militar, solo, frente a frente con el menos experto de los Pachenca…

Ninguno correría, es seguro.

El guerrero no, porque no tendría temor alguno de alguien armado al frente. Al fin y al cabo vive en la guerra.

El otro, el filipichín, el lechuguino, tampoco, porque de rodillas nadie corre.

 

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