Dr. Polito
Toda familia rica y de renombre tiene un tarambanas.
Significa que no es capaz de pensar con buen juicio.
Con él no funciona la teoría de que, entre los seres vivos, sobrevive el adaptado.
En todas las especies animales no racionales, un desadaptado desaparece joven. Se le deja morir.
Entre nosotros no existen ni la compasión ni la piedad.
No confiamos en que el débil o el enfermo o el tonto pueda cambiar. Eso no es posible.
Entre los humanos, para ayudar al tarambanas, la familia le consigue un empleo.
Lejos de sus negocios, claro, como forma de eliminar riesgos.
Empleos como alcalde de Cali, por ejemplo, al descocado Alejandro Eder y a su familia les caen de perlas.
Puede generar beneficios para la familia o para sus allegados o para sus amigos.
Pero, también, le permite al pobre tipo hacer el ridículo. O meter la pata. O tomar decisiones sin haberlas meditado.
Y esto último ocurrió, preciso, en el momento más trágico e inoportuno de Cali.
Pocos minutos después de conocerse parcialmente el alcance de la tragedia, todo Cali sobreviviente se lanzó en masa a ayudar en lo que se pudiera.
Miles colmaron tiendas y supermercados buscando brindar ayuda a las víctimas, y apoyo a los voluntarios que comenzaron la remoción de escombros y el salvamento de vidas de inmediato.
En las calles se veían enormes filas de gentes con paquetes de toda naturaleza.
Durante horas, la situación fue similar, mientras se clamaba por ayuda de los cuerpos de socorro, que, al comienzo, fueron incapaces de enfrentarse a la tragedia.
Debido a ello, en todos los sectores, miles de hombres y mujeres jóvenes, sin herramientas, a mano limpia removían la destrucción y salvaban vidas.
Entre la muchachada se destacaba la organización y eficacia de la Primera Línea, tan vilipendiada y calumniada por algunos sectores políticos, entre ellos el alcalde.
Quizás, ansioso por recibir el reconocimiento del nuevo Gobierno, cometió la alcaldada de su mandato: al caer la tarde declaró el toque de queda, “en previsión de posibles saqueos”.
Las consecuencias pudieron ser aterradoras, si la Primera Línea no desobedece el mandato.
Los muchachos siguieron sacando cuerpos, vivos y muertos, de bajo los escombros, y repartiendo medicinas y alimentos entre los heridos y las demás víctimas.
La gente que donaba, seguía comprando, y llevando a los lugares más necesitados.
Y, el alcalde, con jefes de policía y de las Fuerzas Militares, en su despacho, insistía en que todo el mundo fuera a su casa.
Era la estupidez desatada en el Palacio Municipal. La estulticia hecha alcalde. El alcalde hecho rey de burlas por sus conciudadanos.
La exvicepresidenta Francia Márquez lo corroboró: no hubo intentos de saqueos, nadie intentó hacerlo.
Solo al alcalde se le ocurrió pensar en que la gente que iba por la calle había saqueado o intentaba saquear.
Quiéranlo aceptar o no, muchas, si no la mayoría de las personas salvadas de morir en Cali bajo las ruinas de casa y edificios fue rescatada por la Primera Línea, una organización calificada de terrorista y declarada objetivo de los órganos de seguridad del actual Gobierno.
Muchachos así, me llenan de orgullo. Son buenos descendientes míos y de los míos. Los apoyo y me declaro miembro de su organización.
Son la Resistencia (con mayúscula) y merecen todos los aplausos.
Y todo el apoyo ante lo que se viene: el destripamiento.