Dr. Polito

La respuesta es rotunda. La pregunta, por lo tanto, ya no es necesaria, perentoria, urgente... Sobra. Ya no hay necesidad alguna de preguntar quién dio la orden, como se insistía hace algunos meses.

Ahora, se sabe. Más allá de la duda. Prácticamente, la pregunta se respondió sola. Y se conoce a quien ordena hacer o no hacer.

Colombia se enteró de la orden de alguien al grupo de bodegueros y de manejadores de sus cuentas de redes sociales de hacer llorar a una reportera que preguntó lo que debía y como debía hacerlo.

Ya no hay para qué especular. Un inocente micrófono abierto permitió, en buena hora, escuchar no solo a quien daba la orden, sino los términos reiterativos para no ser desobedecido.

Ese “háganla llorar en las redes sociales” es la frase más esclarecedora de la realidad política colombiana en siglos. Es un ¡fiat lux! que nadie esperaba, la Piedra de Rosetta que permite descifrar lo sucedido durante los peores episodios de nuestra guerra criolla, con sus miles y miles de muertos y desaparecidos y desterrados y enterrados en vida…

Ya no caben las sospechas ni los supuestos. Como siempre, la verdad se impone.

Este es un momento inmejorable para preguntar otras cosas, como, por ejemplo, ¿a cuántos colombianos hará llorar la derecha, toda la derecha, no solo la ultra del CD, si regresa al poder? Y no será en las redes sociales.

Es eternizarse en el poder del Estado, lo que pretenden. Es mantener bajo el zapato a la sociedad, para aniquilar cualquier posibilidad de reacción…

¡Qué asco de persona!, la que se atreve a hacer eso. ¡Qué infames!, los que le obedecen. ¡Qué canallas”, todos los que aplauden, a cual más, peor.

Y cabe preguntar por cuántas familias habrán llorado durante tantos años, por órdenes perentorias, como la de estos días, pero, obviamente, más siniestras y criminales.

¿Quién lo negará? Además de él, no es parece fácil encontrar a alguien con el cinismo y el descaro requeridos para decir que las cosas no son lo que parecen, que era una amenaza de cariño, de broma.

Hoy, nadie puede tener la menor duda de que el miedo que ahoga al país en la inmovilidad política, social y económica, que aniquila en vida a miles de personas, que obliga a actuar contra la conciencia y a elegir en determinado sentido, es algo programado, decidido e impuesto. O sí o sí.

Generar temor, zozobra, caos, para luego hacerse pasar por el taumaturgo que solucionará todos los problemas en un santiamén, es, sí, una conducta criminal.

Es opresión, lo que practica esa derecha miserable, que hizo emberracar a los colombianos para que, de manera que jamás será entendida, votaran en contra del acuerdo de paz.

Es miedo inoculado a las buenas o a las malas, con sugerencias o con balazos, que después se traduce en votos favorables, cuando quien lo infunde y crea la zozobra desciende del Olimpo y se hace redentor y salvador.

“Háganla llorar en redes sociales”… Esas palabras, en alguien que se ha saltado las talanqueras de la Gran Ley, que ha modificado “un parrafito”, que ha hecho y desecho, no son extrañas. Es más, deben ser de uso diario, porque le brotaron de manera automática y reiterada, sin haberlas meditado.

¿Qué clase de ser difunde sus propias grabaciones de audio para que el país, no solo el interesado, sepa que hay alguien a quien “le rompo la cara, marica”, o que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia son unos hijueputas?

¿En manos de quiénes ha estado Colombia? Y ¿qué clase de personas son los colombianos que, sabiendo la verdad monda y lironda, siguen apoyando y defendiendo a quien les ordena tener miedo o ya se las verán con él?

En verdad, ¿en qué órbita de qué galaxia extraña estamos, que no somos capaces de reflexionar y determinar que, desde lo más alto del poder del Estado, decirles hijueputas a unos jueces que lo investigan a uno, por pruebas más que sólidas, exige ser un hijueputa sin atenuantes?

¡Válganos Dios! Si así se comporta quien se hizo llamar El Gran Colombiano, ¿qué pensar de todos los demás, que lo toleran, lo veneran, lo santifican, lo defienden, lo protegen y, para que los gobierne, eligen a quien él dice, sin importar quién sea?

Por Dr. Polito

Corrupta, desvergonzada, infame, canalla… Así es la derecha ultra de Colombia, liderada por una pandilla de mafiosos, una ralea criminal que llora porque el pueblo les arrebató el poder con el que hicieron lo que les dio la puta gana durante años.

Viajaron a Washington, hicieron antesala durante horas, movieron todos los recursos posibles, se reunieron con los diablos más perversos de la política estadounidense.

Y lograron su objetivo de convencer, por interpuesta persona, al presiente Donald Trump de que el presidente colombiano, Gustavo Pedro, es una especie de heredero avanzado de Pablo Escobar.

En el intermedio, ese real y verdadero Cartel de los Sapos desempolvó el ridículo discurso de la venezolanización de Colombia y de que, cada segundo que pasaba, Petro se parecía más a Nicolás Maduro.

Si, bellacos, hasta se mostraron afines a la idea de la invasión militar estadounidense a Colombia, como la sugirió Trump cuando confundía a Petro con Escobar.

“Cuando un país no controla la delincuencia, un tercero reacciona”, dijo uno de ellos, sub iudice aún, por solo dos o tres de los muchos delitos que, hay sospechas, pudo cometer.

“Las circunstancias se van pareciendo con el gobierno Petro. El gobierno Petro, con lo que hace, se va aproximando a ese castrochavismo", recalcó, con toda la malicia de que es capaz. Y nuevamente dio la orden.

Sus cómplices y áulicos le hicieron eco y aplaudieron como las focas que son.

Claro, fueron los únicos colombianos que sintieron satisfacción con las babosas palabras de su muy cuestionado capo. Lealtad mafiosa, al fin y al cabo. Complicidad de conchabados.

Algunos, sin duda traidores a la patria y a su madre, pidieron, realmente clamaron, exigieron que viniera el invasor.

¡Ven!, no tardes tanto, suplicaban los hijos de puta.

Pero, para sorpresas, la vida. Y Trump.

Cuando menos se esperaba, de manera oficial se conocíó que el presidente de Estados Unidos recibirá en la Casa Blanca a Petro, para hablar durante 50 minutos.

“Fue un honor hablar con el presidente de Colombia”, dijo Trump.

¿Cómo? ¿Qué dijo, realmente ese cabrón? No puede ser. La reacción de la sapería fue de incredulidad absoluta, de desconcierto.

Pero, mafia al fin y al cabo, acostumbrada a acomodarse al vaivén de los vientos (por eso permanece), todos a una, sus miembros voltearon su discurso oficial.

Dieron paso, entonces, a críticas, según las cuales, el gobierno y Petro tuvieron que ceder, por debilidad y temor.

La corrupta araucana Lina María Garrido, que renunció a su nacionalidad venezolana para hacerse congresista colombiana en el Centro Democrático (CD), incluso publicó en una red social un lamentable texto en el que les dice a varios políticos afines al Gobierno que se tuvieron que doblar ante Trump “como su patético jefe Gustavo Petro”.

Hay que recordar que Garrido (usa sombrero para evitar que le vean el estiércol que le sale del cerebro), hija de Jesús Hernando Garrido Boscán, destituido como funcionario por robar dineros del Estado, está acusada de traición a la patria, por mostrarse de acuerdo con la política de Trump hacia Colombia, que incluiría una invasión militar.

Otra mujer, Eugenia Dávila, celebró la intervención de Trump: “¡Gracias al presidente Donald Trump! Ajustó a Petro y le quitó la bandera incendiaria contra EE.UU. como arma electoral para ganar las elecciones con Iván Cepeda, ‘el heredero’ (sic)”.

Y, otra más: María Fernanda Cabal, del CD, afirmó que “el presidente Trump les acabó en unos minutos la narrativa que estaban usando para victimizarse y proponer conflictos con EE.UU. Pasaron de respaldar a Nicolás Maduro a aplaudir a Trump”.

Así es la mafia: siempre se acomoda. Nunca pierde, y menos en Colombia, en donde, en ciertos sectores políticos, como estos de la ultraderecha, la única moral que conocen es la de la mata de mora. Y quién sabe…

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