Por Dr. Polito

Nadie más perverso y repugnante que un dirigente de derecha. Y, en este aspecto, los de Colombia se llevan la medalla de oro con mucha ventaja.

Todos los dirigentes de esa mafia, porque la derecha lo es, se opusieron con todos los recursos, legales e ilegales, absurdos y descabellados, al justísimo reajuste de 23,7 por ciento del salario mínimo que decidió el Gobierno del presidente Gustavo Petro.

Lanzaron amenazas de todo tipo y previsiones de que, con la decisión de Petro, lo mejor era ir buscando otro país a donde ir, pues Colombia entraba en agonía, si es que ya no había desaparecido.

Desde luego, a estos bellacos políticos los apoyaron los avaros y usureros empresarios, que, en su casi totalidad, son incluso más radicales.

Negar los derechos fundamentales de los más pobres, de los trabajadores y, en general, del pueblo, es la razón de ser de la derecha. Y con mayor razón de la colombiana. De nuestra ultraderecha, en realidad.

Vinieron las demandas contra la medida de Petro, todas con el respaldo de políticos y empresarios, hasta que lograron que un magistrado del Consejo de Estado suspendiera el decreto presidencial.

Entonces, comenzó el obsceno desfile de la hijueputez (el término no aparece en los diccionarios, pero todos sabemos qué significa), y, casi en patota, los candidatos de la derecha a la presidencia y al Congreso, casi que a dentelladas se disputaban cámaras y micrófonos para rechazar la decisión del Consejo de Estado.

Se mostraban escandalizados con la decisión del magistrado y se declaraban defensores de primera línea de los derechos del pueblo.

Hablaban de atentado contra la Constitución, contra los derechos de los trabajadores, de violación de principios como la imposibilidad legal de rebajar los salarios, y de la necesidad de que, por lo menos, se mantenga lo decidido por Petro.

Echaron mano, ahora sí, al concepto de derechos adquiridos, algo que siempre han atropellado sin siquiera sonrojarse.

Las razones de estos malnacidos defensores de los pobres son claras: se acercan las elecciones, y oponerse a la decisión del Consejo de Estado es dar pie a que sus votantes sean menos de los necesarios para ser elegidos.

Pero, infortunadamente para ellos, los colombianos los conocen de vieja data, saben cómo actúan estos miserables, cómo engañan (engañaban, realmente) a quien se les ponga por delante, como traicionan por oficio, como buscan siempre robar el dinero del Estado, que es el de todos.

Un ejemplo: la corrupta senadora María Fernanda Cabal atacó, con patas y manos, el alza salarial de 2026. Fue de quienes pronosticaron la fallida muerte del empresariado.

Ahora, cuando necesita que el Centro Democrático (CD), su partido, no pierda tantos votos como todo lo indica, defiende el reajuste del 23,7 por ciento. “Soy una convencida de que los trabajadores tengan mejores ingresos”, dice la vieja. Y tan campante.

Pero, mientras ella dice lo que dice, su primo, Jaime Alberto Cabal, el presidente de Fenalco, insiste en que no acepta esa alza (Así juegan las familias que se creen dueñas del país: están con Dios y con el diablo, porque de todos modos se benefician).

A la derecha colombiana la mantiene en pie la ignorancia política de los votantes que la respaldan, ignorantes de lo que significa estar en el lado equivocado de la historia.

Para ellos, esta verdad: si es de derecha, es corrupto; si es corrupto, es de derecha

Dr. Polito

La respuesta es rotunda. La pregunta, por lo tanto, ya no es necesaria, perentoria, urgente... Sobra. Ya no hay necesidad alguna de preguntar quién dio la orden, como se insistía hace algunos meses.

Ahora, se sabe. Más allá de la duda. Prácticamente, la pregunta se respondió sola. Y se conoce a quien ordena hacer o no hacer.

Colombia se enteró de la orden de alguien al grupo de bodegueros y de manejadores de sus cuentas de redes sociales de hacer llorar a una reportera que preguntó lo que debía y como debía hacerlo.

Ya no hay para qué especular. Un inocente micrófono abierto permitió, en buena hora, escuchar no solo a quien daba la orden, sino los términos reiterativos para no ser desobedecido.

Ese “háganla llorar en las redes sociales” es la frase más esclarecedora de la realidad política colombiana en siglos. Es un ¡fiat lux! que nadie esperaba, la Piedra de Rosetta que permite descifrar lo sucedido durante los peores episodios de nuestra guerra criolla, con sus miles y miles de muertos y desaparecidos y desterrados y enterrados en vida…

Ya no caben las sospechas ni los supuestos. Como siempre, la verdad se impone.

Este es un momento inmejorable para preguntar otras cosas, como, por ejemplo, ¿a cuántos colombianos hará llorar la derecha, toda la derecha, no solo la ultra del CD, si regresa al poder? Y no será en las redes sociales.

Es eternizarse en el poder del Estado, lo que pretenden. Es mantener bajo el zapato a la sociedad, para aniquilar cualquier posibilidad de reacción…

¡Qué asco de persona!, la que se atreve a hacer eso. ¡Qué infames!, los que le obedecen. ¡Qué canallas”, todos los que aplauden, a cual más, peor.

Y cabe preguntar por cuántas familias habrán llorado durante tantos años, por órdenes perentorias, como la de estos días, pero, obviamente, más siniestras y criminales.

¿Quién lo negará? Además de él, no es parece fácil encontrar a alguien con el cinismo y el descaro requeridos para decir que las cosas no son lo que parecen, que era una amenaza de cariño, de broma.

Hoy, nadie puede tener la menor duda de que el miedo que ahoga al país en la inmovilidad política, social y económica, que aniquila en vida a miles de personas, que obliga a actuar contra la conciencia y a elegir en determinado sentido, es algo programado, decidido e impuesto. O sí o sí.

Generar temor, zozobra, caos, para luego hacerse pasar por el taumaturgo que solucionará todos los problemas en un santiamén, es, sí, una conducta criminal.

Es opresión, lo que practica esa derecha miserable, que hizo emberracar a los colombianos para que, de manera que jamás será entendida, votaran en contra del acuerdo de paz.

Es miedo inoculado a las buenas o a las malas, con sugerencias o con balazos, que después se traduce en votos favorables, cuando quien lo infunde y crea la zozobra desciende del Olimpo y se hace redentor y salvador.

“Háganla llorar en redes sociales”… Esas palabras, en alguien que se ha saltado las talanqueras de la Gran Ley, que ha modificado “un parrafito”, que ha hecho y desecho, no son extrañas. Es más, deben ser de uso diario, porque le brotaron de manera automática y reiterada, sin haberlas meditado.

¿Qué clase de ser difunde sus propias grabaciones de audio para que el país, no solo el interesado, sepa que hay alguien a quien “le rompo la cara, marica”, o que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia son unos hijueputas?

¿En manos de quiénes ha estado Colombia? Y ¿qué clase de personas son los colombianos que, sabiendo la verdad monda y lironda, siguen apoyando y defendiendo a quien les ordena tener miedo o ya se las verán con él?

En verdad, ¿en qué órbita de qué galaxia extraña estamos, que no somos capaces de reflexionar y determinar que, desde lo más alto del poder del Estado, decirles hijueputas a unos jueces que lo investigan a uno, por pruebas más que sólidas, exige ser un hijueputa sin atenuantes?

¡Válganos Dios! Si así se comporta quien se hizo llamar El Gran Colombiano, ¿qué pensar de todos los demás, que lo toleran, lo veneran, lo santifican, lo defienden, lo protegen y, para que los gobierne, eligen a quien él dice, sin importar quién sea?

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