Por Dr. Polito

Corrupta, desvergonzada, infame, canalla… Así es la derecha ultra de Colombia, liderada por una pandilla de mafiosos, una ralea criminal que llora porque el pueblo les arrebató el poder con el que hicieron lo que les dio la puta gana durante años.

Viajaron a Washington, hicieron antesala durante horas, movieron todos los recursos posibles, se reunieron con los diablos más perversos de la política estadounidense.

Y lograron su objetivo de convencer, por interpuesta persona, al presiente Donald Trump de que el presidente colombiano, Gustavo Pedro, es una especie de heredero avanzado de Pablo Escobar.

En el intermedio, ese real y verdadero Cartel de los Sapos desempolvó el ridículo discurso de la venezolanización de Colombia y de que, cada segundo que pasaba, Petro se parecía más a Nicolás Maduro.

Si, bellacos, hasta se mostraron afines a la idea de la invasión militar estadounidense a Colombia, como la sugirió Trump cuando confundía a Petro con Escobar.

“Cuando un país no controla la delincuencia, un tercero reacciona”, dijo uno de ellos, sub iudice aún, por solo dos o tres de los muchos delitos que, hay sospechas, pudo cometer.

“Las circunstancias se van pareciendo con el gobierno Petro. El gobierno Petro, con lo que hace, se va aproximando a ese castrochavismo", recalcó, con toda la malicia de que es capaz. Y nuevamente dio la orden.

Sus cómplices y áulicos le hicieron eco y aplaudieron como las focas que son.

Claro, fueron los únicos colombianos que sintieron satisfacción con las babosas palabras de su muy cuestionado capo. Lealtad mafiosa, al fin y al cabo. Complicidad de conchabados.

Algunos, sin duda traidores a la patria y a su madre, pidieron, realmente clamaron, exigieron que viniera el invasor.

¡Ven!, no tardes tanto, suplicaban los hijos de puta.

Pero, para sorpresas, la vida. Y Trump.

Cuando menos se esperaba, de manera oficial se conocíó que el presidente de Estados Unidos recibirá en la Casa Blanca a Petro, para hablar durante 50 minutos.

“Fue un honor hablar con el presidente de Colombia”, dijo Trump.

¿Cómo? ¿Qué dijo, realmente ese cabrón? No puede ser. La reacción de la sapería fue de incredulidad absoluta, de desconcierto.

Pero, mafia al fin y al cabo, acostumbrada a acomodarse al vaivén de los vientos (por eso permanece), todos a una, sus miembros voltearon su discurso oficial.

Dieron paso, entonces, a críticas, según las cuales, el gobierno y Petro tuvieron que ceder, por debilidad y temor.

La corrupta araucana Lina María Garrido, que renunció a su nacionalidad venezolana para hacerse congresista colombiana en el Centro Democrático (CD), incluso publicó en una red social un lamentable texto en el que les dice a varios políticos afines al Gobierno que se tuvieron que doblar ante Trump “como su patético jefe Gustavo Petro”.

Hay que recordar que Garrido (usa sombrero para evitar que le vean el estiércol que le sale del cerebro), hija de Jesús Hernando Garrido Boscán, destituido como funcionario por robar dineros del Estado, está acusada de traición a la patria, por mostrarse de acuerdo con la política de Trump hacia Colombia, que incluiría una invasión militar.

Otra mujer, Eugenia Dávila, celebró la intervención de Trump: “¡Gracias al presidente Donald Trump! Ajustó a Petro y le quitó la bandera incendiaria contra EE.UU. como arma electoral para ganar las elecciones con Iván Cepeda, ‘el heredero’ (sic)”.

Y, otra más: María Fernanda Cabal, del CD, afirmó que “el presidente Trump les acabó en unos minutos la narrativa que estaban usando para victimizarse y proponer conflictos con EE.UU. Pasaron de respaldar a Nicolás Maduro a aplaudir a Trump”.

Así es la mafia: siempre se acomoda. Nunca pierde, y menos en Colombia, en donde, en ciertos sectores políticos, como estos de la ultraderecha, la única moral que conocen es la de la mata de mora. Y quién sabe…

Por Dr. Polito

Donald Trump tiene razón cuando afirma que Estados Unidos ya no es el policía del mundo.

Ahora es el delincuente. Como lo es Trump, según el jurado que lo condenó por falsear como gastos de campaña de 2016 una partida de 130.000 dólares.

El dinero fue para pagar, a través de su abogado, Michael Cohen, a la actriz porno Stormy Daniels, para sobornarla después de haber mantenido una supuesta relación extramatrimonial con ella en 2006.

Asesinar a mansalva a decenas de indefensos tripulantes de lanchas, invadir a bombazo limpio a un país soberano y matar civiles, y secuestrar a un jefe de Estado, sea quien sea, son crímenes.

En Colombia y en Cafarnaúm son delitos gravísimos (¿Trump y su monaguillo Marco Rubio conocerán el concepto de lesa humanidad?).

Desde luego, los estadounidenses, en general, y sus instituciones, no son criminales. Lo son quienes las administran y manejan el poder del Estado, es decir, los gobernantes.

Solo ellos pueden, en el caso de Venezuela, extorsionar al régimen.

Si no es para extorsionarlo, ¿para qué carajos dejaron en el poder a quienes lo manejaban, a condición de que hagan lo que les ordene Washington, o les irá peor que a Maduro?

"Si no hace lo correcto, pagará un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro", fueron las palabras textuales de Trump a The Atlantic, refiriéndose a la presidenta Delcy Rodríguez.

Es extorsión pura, al mejor estilo de la mafia: o haces lo que yo te ordeno, as{i sea por teléfono, o mejor que no hubieras nacido…

No hay diferencia entre Trump y un jefe gánster. Ninguna.

Desde luego que Trump y sus compinches saben lo que hacen. Delinquen con conciencia absoluta. Con impunidad que solo causa vómito.

Además, lo anuncian al mundo: nos vamos a quedar con el petróleo de Venezuela. Solo les ha faltado la frasecita colombiana esa de “duélale a quien le duela”, de quienes creen que cierto expresidente sub iudice es Dios.

Robar el petróleo —eso es lo que significa quedarse con algo (¿me copian?)— no parece, sin embargo, la razón de los crímenes en cadena de estos días.

No les será fácil reacondicionar la industria del crudo venezolano, nacionalizada mucho antes de Chávez, en 1976, por Carlos Andrés Pérez.

Al respecto, no se puede pasar por alto que Marco Rubio es, quizás, el principal activista (lobista, dicen algunos) en favor de Exxon Mobil, una de las dos petroleras a las que Pérez les quitó los contratos para crear PDVSA.

Y, ¿saben qué? Exxon aspira a regresar, a pesar de que cuando se fue le pagaron hasta lo que no cobraba. Exxon Mobil…, Marco Rubio…, promotor y diseñador de la invasión (¿a alguien no le queda claro?)

Pues si tiene confusiones, tal vez todo se le aclare cuando lea que, estadounidense de nacimiento, Rubio aspira a ser emperador de Cuba. Desde niño tiene esa aspiración…

La Isla es el principal objetivo del secretario de Estado, a través de Trump.

¿Cuántos millones de millones de dólares vale reconstruir a Cuba? Y, apuesto a que los lectores no adivinan para quién serían los contratos…

Es bueno recordar que Dick Cheney era el jefe de jefes de Halliburton Company.

De allí salió para asumir como Secretario de Defensa en el gobierno de George Bush padre, desde 1989 hasta 1993. Luego, regresó a Halliburton.

Pocos años después, Bush hijo inventó el cuento de las armas de destrucción masiva de Irak, e invadió ese país, del que, literalmente, no quedó piedra sobre piedra.

Y, para sintetizar: los ultramillonarios contratos de reconstrucción fueron, sí, para Halliburton. Al fin y al cabo, gobernar es siempre un gran negocio.

Y mucho mejor si hay que violar cualquier ley, sin que haya castigo.

Para eso se dispone de uno de los ejércitos más poderosos del planeta.

¿Alguien se opone? Hay plata o plomo, que diga, a ver…

 

 

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