Pequeño periodismo

A los hechos violentos que hasta hace pocos días la prensa corporativa llamaba terrorismo, con todas sus letras, y que eran narrados con un tono luctuoso y gravísimo, ahora, bajo el nuevo gobierno —en el que ya se han registrado atentados—, un periodista simplemente los calificó como “pequeños hechos de orden público”.

Lo dicho por el presentador de televisión fue lo siguiente: “Hubo varios hechos, podríamos decir, pequeños, en el país, en materia de orden público. Cuando digo pequeños es que no son fuertes atentados terroristas, pero se registraron varios hechos. Por ejemplo: hubo una explosión que se registró en la ciudad de Manizales (...); hubo otros hechos que se registraron en San José del Guaviare”.

Este rápido —aunque no inesperado ni sorprendente— cambio de tono y de enfoque puede analizarse como una modificación del encuadre periodístico, susceptible de ser interpretada en el contexto político actual y que, desde la ética periodística, puede constituir un doble estándar en el tratamiento informativo.

El periodista no cambia los hechos, pero sí la manera de nombrarlos. Y la denominación elegida no es inocua: las palabras empleadas contribuyen a orientar la interpretación que el público hace de aquello que se informa.

Hablar de “terrorismo” implica evocar gravedad, amenaza, violencia política e inseguridad. En cambio, “hechos de orden público” corresponde a una fórmula más administrativa y, aparentemente, menos grave. Añadirles el calificativo “pequeños”, además de minimizar su dimensión, introduce una valoración explícita sobre su magnitud.

¿Es solo un asunto de estilo? Claramente, no. Hasta hace apenas unos días, el mismo medio utilizaba categorías más graves para referirse a hechos similares cuando gobernaba una corriente política progresista. Si la elección de las palabras cambia dependiendo de quién ocupa el poder, podríamos estar ante un doble estándar en el tratamiento informativo.

No sería extraño, entonces, que de aquí en adelante comenzaran a utilizarse eufemismos a diestra, mas no a siniestra, para sustituir no solo determinadas expresiones, sino también la percepción sobre hechos concretos que el público pueda considerar graves, negativos o incómodos, por formulaciones menos perturbadoras.

Queda nuevamente en entredicho la objetividad periodística. Esta, si bien no exige utilizar exactamente las mismas palabras en todos los casos, sí demanda que las decisiones lingüísticas sean coherentes con la naturaleza de los hechos, estén sustentadas en criterios periodísticos verificables y no respondan arbitrariamente a la posición política de la empresa informativa ni cambien de manera conveniente según el gobierno de turno.

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