Tigre romosinuano

Sr. Malajunta

Antes, el Congreso de Colombia era un corral de gallinas saraviadas.

Todo eran cacareos. Pero, de huevos, nada…

A la manera de Guillermo Valencia sobre José Asunción Silva, algunos políticos sacrificaban a Colombia para pulir una frase pendeja.

Cada discurso era un desfile interminable de latinajos y referencias a los clásicos griegos y romanos.

Todo, en un lenguaje ostentoso, grandilocuente y altisonante, pero vacío, que nadie entendía en la Colombia del 75 por ciento de analfabetismo de entonces.

Pero así ganaban elecciones y se mantenían en el poder.

En especial los políticos del entonces Gran Caldas, todos fascistas, muchos de ellos adoradores de la camisa negra, recurrían a las citas en latín (en griego, no, porque se mordían la lengua).

Un grupo de ellos, los más fascistas, los más regodos, los más recalcitrantes, se hacía llamar Los Leopardos.

Entre ellos estaban Silvio Villegas, Augusto Ramírez Moreno y Eliseo Arango.

Pero, unos tales Fernando Londoño Londoño (padre del ultracorrupto uribista del mismo nombre), Silvio Villegas, Antonio Álvarez Restrepo, también se atragantaban con sus discursos ininteligibles.

Alguien bautizó la verborrea grecolatina como grecoquimbaya…

La pretensión, nunca explícita, de estos políticos, fue tener cada uno su propio feudo. Y lograron que Caldas pariera a Quindío y Risaralda.

Estos andinos no eran los únicos que no se daban a entender, y, además, no les importaba.

Como tampoco les importaba a otros, con su estilo de medias palabras, sin eses y con muchas jotas. Y ninguna idea en favor del país.

En lenguaje chabacano, desabrochado, a veces, ramplón y directo, estos políticos también buscaban sus propios fortines electorales.

Ají najieron Córdoba, Jucre y Cesar.

Lejos de los acartonamientos de los fascistas andinos, estos sacrificaban a Colombia, el idioma, las llamadas buenas maneras… todo, en realidad, para no quedarse atrás.

Hablaban sin parar, no moderaban el lenguaje, pero tampoco decían nada útil.

Y si a unos nadie les comprendía las ideas, a estos no les entendían las palabras.

El hecho es que, como ahora, un poco más, la verdad, el Congreso era un lugar para hablar y hablar y hablar, y cobrar por ello.

En su mayoría eran de la costa Norte, pero con mucha cercanía con Montería y lo que es hoy Córdoba.

Entre ellos figuraban Remberto y su hermano Benjamín Burgos Puche. Al primero le atribuyen la creación de Córdoba.

Al otro, los discursos que dieron pie al bautizo del estilo oratorio de estos norteños.

Eran, también, regodos, como los de Caldas, y, además, adoradores de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Dicen que fue un expresidente, o un periodista, o un asistente a las sesiones del Congreso, el que bautizó el estilo discursivo con un nombre demoledor.

Dicen que dijo que era mejor escuchar el discurso grecoquimbaya que el romosinuano.

El término es, sí, el nombre de una raza de vacunos desarrollada en ganaderías del Sinú.

Sus ejemplares son romos, es decir, no tienen cuernos. Como los discursos de los políticos, que no causaban efecto alguno.

Desde luego, los dos calificativos se olvidaron.

Pero, al menos en lo relativo al romosinuano, algo persiste.

Los herederos de los de entonces son los gamonales corruptos de hoy.

En la política hay descendientes directos de Los Leopardos grecoquimbayas y de los romosinuanos de entonces.

Es probable que en lo alto del Gobierno haya alguien con raíces en Córdoba, herencia ancestral sinuana, que en vez de hablar grite y amenace, que una frases sin sentido y que esconda tan bien sus ideas que, quizás, hasta hoy, nadie haya podido pillarle una.

Ese es el más puro estilo romosinuano.

Y es también probable que, en recuerdo de los felinos fascistas de aquella época, sea fascista, atropellador y payaso de semáforo, y que se haga llamar león o puma u ocelote. O tigre.

Todo es posible.

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