Vergüenza democrática

La India Menta

Vivir en democracia implica construir costumbres, hábitos y consensos sociales compatibles con la igualdad. Su propósito es garantizar que las personas tengan acceso a los mismos derechos y oportunidades, no uniformar el pensamiento, sino promover el respeto por la autonomía, las libertades y la dignidad.

La democracia se precia de garantizar la igualdad de derechos y, si hay algo que no se le ha negado a ningún colombiano durante el actual gobierno, es la vergüenza. Sí, se democratizó la pena ajena. Lo que antes era una emoción individual, reservada para cuando alguien hacía el ridículo en público, se convirtió en una experiencia colectiva. Los milagrosos ponen los motivos y sus seguidores, la cara.

Ya van varios descalabros en muy poco tiempo: desde la negación del campesinado hasta los repugnantes paseos entre cadáveres; desde la ridícula sofisticación del «niño poeta» —que, en su elucubración camandulera, más parecía el «niño polla»— hasta la entronización de una virgen en el consulado de Colombia en Madrid; desde los discursos estridentes de Alejandro Ordóñez en la OEA, bramando sobre religión y familia. El absurdo ha conseguido representación diplomática, vocería internacional y disponibilidad para viajar sin restricciones.

Buena parte de los comportamientos que se exhiben, y con los que algunos se sentían identificados, comienza a percibirse como un reflejo de quienes los respaldan. Aparece entonces cierto eco de arrepentimiento o, al menos, de distanciamiento: la reflexión los lleva a preguntarse si quieren seguir asociados con un gobierno que se comporta de esa manera.

Una persona que humilla, un funcionario que miente y desprecia, un dirigente que recicla en su gabinete a los corruptos de gobiernos anteriores: todo eso comienza a parecer moralmente reprochable. La duda se instala frente al espejo y algunos electores descubren que su ignorancia también hizo campaña. El hombrecito, entretanto, contempla su propio comportamiento con satisfacción.

Las conductas que hemos presenciado no son simplemente torpes o ridículas. Algunas han estado acompañadas de daños graves, denuncias sobre posibles ejecuciones extrajudiciales —los mal llamados «falsos positivos»—, irregularidades en el manejo de los recursos y comportamientos incompatibles con las responsabilidades de quienes ejercen cargos públicos.

Es precisamente la falta de reconocimiento de esos daños lo que intensifica el malestar de quienes observan, pasivamente y con bochorno, el espectáculo.

En este momento, democratizar no significa hacer algo bueno. Por eso, parece que se está ampliando el acceso a la corrupción, la estupidez, la impunidad y el cinismo. Ahí tienen a los herederos de los ladrones emblemáticos del país, expandiéndose emancipados, sin el menor sonrojo.

Ahí tienen democratizada la degradación: para que nadie se sienta culpable por mentir, incumplir o traicionar sus principios; para que la moral se nivele por lo bajo y, en lugar de exigir mejores comportamientos a quienes ejercen el poder, terminemos normalizando los peores.

La arbitrariedad también se democratiza mediante un abuso de autoridad que se disfraza de justicia. De ahora en adelante, no sorprenderá que cualquiera imponga su voluntad sin rendir cuentas. Y es que ya casi nadie las exige: los medios de comunicación privados parecen andar muy cómodos, justificando la ausencia de los límites que antes reclamaban para todo.

¿Qué puede ser más democrático que una sociedad en la que todos sintamos vergüenza por las torpezas ajenas, mientras la secta milagrosa no se avergüenza de nada? ¿Se perdieron los principios y las promesas que juraron cumplir durante la campaña, o nunca los compartieron y apenas ahora algunos descubren que compraron un proyecto político con letra menuda? 

La gran paradoja es que empezamos a sentir vergüenza por el desgobierno mientras este parece haber desarrollado inmunidad. Los ciudadanos experimentan pena ajena; el poder, en cambio, administra la pena propia como un impuesto que pagan los demás.

En algún momento, sus protagonistas considerarán que el progreso habrá completado su curso si dejamos de distinguir entre la dignidad y el descaro, entre la libertad y el abuso, entre gobernar y salirse con la suya.

Para ellos, la sociedad de iguales será un logro cuando todos tengan el mismo derecho a no responder por sus actos; cuando, en lugar de escandalizarnos y avergonzarnos colectivamente, nos acostumbremos a perder la capacidad de reconocer las conductas inaceptables y terminemos callando. 

Ya que democratizaron la vergüenza y, de paso, la desvergüenza, aprovechen para aplaudir. Hacerlo por cualquier cosa también debe de ser un síntoma de democracia. No sean excluyentes: aquí hay motivos y vergüenza para repartir. Con los aplausos, al fin, habremos alcanzado la igualdad: el poder hará lo que se le dé la gana, siempre que la unanimidad de la ovación celebre sus arbitrariedades.

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