De culo pa’l estanque…

 

Dr. Polito

  La bestia está herida y el olor acre de su sangre vertida la irrita y la obliga a cobrar deudas, todas... Es de la naturaleza de la bestia.Dr.Polito.jpeg

Es, entonces, más peligrosa que nunca.

Si, por los hijos, la bestia da lo que sea, incluso la vida, por su propia integridad, instintivamente cruza cualquier límite en busca de saciar su deseo de venganza.

En esas circunstancias, enemigo es todo lo que se mueva.

Debe demostrar la ley fundamental de la biología de que sobrevive el más fuerte, no importa que la lógica señale que el fin esta cerca. En tal situación, la lógica deja de existir para la fiera herida, y con mayor razón si se siente acorralada.

El Gran Burundún-Burundá no puede morir. Nunca. Jamás. Tirano Banderas habrá para siempre.

Es el presidente eterno, como le dicen los muy suyos, aquellos a los que los críticos llaman sapos, sacamicas, áulicos, chupamedias, lameculos…

No haber sido el primer presidente, el fundador de la patria, no le impide ser el primer presidente eterno.

Para algo deben servir su vanidad desmedida, su soberbia sin límites, su ambición de poder sin parangón, y esa falsa humildad en público, que solo refleja lo vanidoso que es.

Y, ¡ay!, de quien ponga en duda su eternidad, su indiscutible derecho a ser el número uno del Olimpo.

Algún día será el único inquilino. Habrá obligado a los diez ocupantes primigenios a fundirse en él. Ejercerá como Ares, Zeus, Hera, en ese orden (primero la guerra, obvio), en ese orden; luego, todos los demás, todos al tiempo.

Claro, primero debe ocuparse de lo terrenal.

Por más que intente simularlo, ocultarlo, negarlo, está herido, y ya se sabe cómo es una bestia salvaje herida.

Él no es el miura noble y medio muerto que empujan al destino final. No. Es el áspid al que le pisaron la cola, el chacal lanceado luego de años y años de combates y de intentos, la fiera ensangrentada que pretende devolver con creces las heridas abiertas en el cuello…

La bestia salvaje herida no tiene trinchera: enceguecida, obnubilada, sin control, va a matar o a que la maten.

Presidentes acusados de una cosa o de otra, con razón o sin ella, ha habido muchos. Quizás todos. Les han causado heridas que han cicatrizado pronto y para siempre.

Pero, un presidente sentado en el banco de los criminales, al que una jueza valiente le niega sus peticiones y, de encime, lo llama imputado, en vez de Presidente eterno, solo uno: él.

Y, allí, en los estrados, está el problema: que la Justicia lo trate como a cualquiera de los colombianos, que lo igualen incluso con los de arriba, que lo ofendan equiparándolo con la plebe.

Que lo acusen de soborno, soborno a testigos y fraude procesal, eso, a él no le importa. Al fin y al cabo le han dicho genocida, usurpador de tierras, arreglador de articulitos constitucionales, enriquecido de manera ilegal, favorecedor de negocios turbios de sus hijos, corrupto, más corrupto…

Pero que la propia Corte Suprema de Justicia haya volteado la tortilla de un proceso que él inició, y hoy el reo sea él, eso, ¡por Dios!, eso es intolerable.

Le abrieron una vieja herida, le echaron sal y le hurgaron con todos los dedos. Por eso, la sangre que vierte viene revuelta con hiel. Y eso le despierta a la fiera y le acrecienta su deseo de atacar hasta a la propia sombra. Es la bestia, con toda la furia, acumulada por años, desatada como tormenta, un Apocalipsis indetenible.

Mientras otea y olisquea por todos los rincones en busca de venganza, el raciocinio le llega por ráfagas.

Entonces, comprende que las cosas le van mal. Que, por más esfuerzos que haga, corre cuesta abajo por la colina del ocaso. Hacia el fin. Hacia el no va más.

O, como dice el común, sabe que va de culo pa’l estanque, y que no hay nada que lo tranque.

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