Los putazos del ministro


Por Dr. Polito


Sí, definitivamente, sí, esta es Colombia, Pablo.

Una tierra donde puede ser ministro de Educación alguien que, con sobrada razón, le dice hijo de puta a una de las vacas que más caga, o a quien prefiere votar por un hijo de puta en vez de hacerlo por otro candidato.

Hoy, Daniel Rojas Medellín es objeto de todos los agravios imaginables, porque, con el antecedente de sus hijueputazos, los críticos babean y se relamen preguntándose ¿cómo pudo el presidente Gustavo Petro nombrarlo ministro, y para acabar de cagarla, de Educación?

¿Habrase visto?, farfulla uno, mientras sorbe las babas que amenazan caer dentro del vaso de whisky. ¿Cómo pueden nombrar ministro a un hijo de puta zarrapastroso y salido quien sabe de dónde?, vomita otro.

Es la doble moral enquistada en la cultura colombiana desde cuando los invasores se hicieron dueños del país y se lo dejaron en herencia a todas sus generaciones futuras.

Esa doble moral con la que los latinos europeos se robaron el continente y cometieron el genocidio más grande de la historia, los mismos que hijueputeaban a los despojados y a los humillados y a los ofendidos, esos mismos, por sus herederos, consideran que decir hijo de puta descalifica para todo.

Claro, si quien lo dice no es de los suyos. Porque María Fernanda Cabal dijo que este es un país de hijueputas y que el presidente era un gordo marica que se dedicaba a viajar… Y porque, en ejercicio del cargo, un expresidente antioqueño que de ordinario vive en Montería, dijo trató de hijueputas a supuestos escuchas de sus delictivas charlas telefónicas.

Esta es Colombia, un país donde, porque sí o porque no, 50 millones de personas dicen que todos los demás somos unos hijueputas … Es decir, en ese sentido, este es un país de hijos de puta. O de hijueputas, como dice el pueblo.

Porque, hasta en eso, el nuevo ministro de Educación es diferente. No dice hijueputa, sino hijo de puta. Elegante, medido y escrupuloso que es.

Y, así, en un país de hijueputas, ¿por qué no designar como ministro de Educación a una persona que, al menos, se esmera por escribir correctamente la expresión?

¿Por qué no? Porque la hijueputez no deja, no puede permitir que la democracia llegue a donde está llegando, hasta las propias entrañas del pueblo, hasta la barriada llena e hijos de puta pobres, que son muy diferentes de los pobres hijos de puta, como le dijo el hoy ministro a la vaca más vaca, charoláis, para más señas.

Acá me disculpo, pues suelo confundir charoláis con Lafaurie…

Sigamos.

Tan modositos ellos, tan eufemísticos, tan sibilinos, tan jodidamente jodidos, los de El Tiempo, citan palabras de un entrevistado según las cuales el ministro es muy vocal “contra los sectores de centro y derecha.

Lo que no explican es cómo se les dice a esos sectores corruptos, ladrones, patrocinadores de masacres, dueños de vidas y bienes, y del Estado, aliados con genocidas y narcotraficantes, amos de los medios de comunicación, conspiradores, criminales en todas las formas… en síntesis, unos hijos de puta. ¿Cómo calificarlos, entonces?

Pues, a esas gentes y sus áulicos y lameculos de los medios hay que decirles que a Rojas se lo tendrán que mamar por un buen tiempo.

Y, si no es él, sin duda habrá otra persona, ojalá todavía más vocal, todavía más hijodeputa.

Y, sí, señores hijosdeputa de los clubes, de la derecha facista: en este momento, y ojalá por muchos años, al menos en el Gobierno hay una parranda de hijueputas venidos de las calles, de la barriada, de los potreros, de las veredas y aldeas de la Colombia ignota.

A ellos también, señoras y señores olorosos a perfumes caros, a esos indios y negros y zarrapastrosos y vulgares y sindicalistas y pobres, pero honrados, a ellos, a los humillados por ustedes, a los ofendidos por ustedes, a los masacrados por ustedes también se los tendrán que mamar por un tiempo.

Sí, hijos de puta, gente de bien: en lugar de ustedes está la chusma hijueputa, la pobrería, la negritud…en fin, toda la resaca, la escoria, la malparidez de este país.

Si yo supiera orar, lo haría para que fuera un tiempo sin fin, ¡qué hijueputa!

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